13 Reasons Why: ¿apología del suicidio adolescente o tiempo para hablar de lo que no se habla?

¿Quién mató a Hannah Baker? La pregunta no contiene el menor misterio, es apenas un guiño lejano a aquella Laura Palmer de David Lynch, que difícilmente reconozcan los espectadores de Thirteen Reasons Why , la serie adolescente que estrenó Netflix el 31 de marzo. Y es que desde la primera escena la audiencia sabe que Hannah (Katherine Langford) se suicidó, aunque sabe también –y quizás eso justifique la pregunta- que ella quiso que al menos trece personas se sintieran responsables por su muerte.

13 razones

El argumento del polémico estreno de Netflix -su título en español es Por trece razones y la editorial V&R publicaron la novela- es bastante sencillo: una adolescente de 17 años que se siente hostigada por sus compañeros de secundaria toma la dramática decisión de quitarse la vida, pero antes de hacerlo graba siete casetes (sí, las cintas de audio que desaparecieron prácticamente a mediados de los 90) en los cuales les explica a trece personas (un lado de cada casete dedicado a cada una) por qué todos ellos son en parte culpables de su muerte. Cada capítulo está dedicado a uno de estos personajes, y a partir de este recurso la trama despliega toda la serie de situaciones imaginables que pueden torturar a un adolescente: aislamiento, acoso, hostigamiento a través de las redes sociales, violencia sexual, consumo de alcohol y drogas, incomprensión o ausencia de adultos (en la escuela o en la propia familia).

La serie es bastante previsible, la estética respeta a rajatabla los lugares comunes del género teen y tiene sobre todo un incómodo tono ligero que frivoliza el argumento al punto de hacer inevitable que hasta la mitad al menos, uno espere que la chica no esté muerta. Pero la chica está muerta. Se cortó las venas y se desangró en la bañera (esto no es spoiler, se sabe desde el comienzo y luego se muestra de manera explícita). Y es una chica común y corriente, linda, inteligente, con unos padres amorosos y presentes, que no padece ningún trastorno mental y a la que –casi hasta el final de la serie al menos- no parece haberle ocurrido nada muy distinto de lo que le pasa a la mayoría de los chicos de su edad a los que les pasan cosas malas. Y esto es lo verdaderamente revulsivo. Peor aún, los trece  “acusados” por ella tampoco parecen (aunque alguno tal vez lo sea) ningunos monstruos, de hecho la mayoría de ellos también son víctimas, también les pasan cosas horribles y por supuesto, ninguno podría haber imaginado el trágico final de Hannah. Aunque es difícil no sentir cierta satisfacción vindicativa cuando cada uno recibe su cinta y es confrontado con su parte de la historia. Y esto sí es peligroso. O podría serlo. O al menos así lo consideran las organizaciones de prevención sobre suicidio adolescente estadounidenses que están advirtiendo sobre el riesgo de que la serie se convierta en una apología del suicidio, que genere respuestas imitativas o reacciones en cadena entre sus jóvenes espectadores. Porque hay que decirlo: es difícil no identificarse, aunque sea un poco, con Hannah.

Fuente : Infobae

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